Interludio Ocho – Epílogo

Yo soy Naturaleza, la Madre Universal,

Señora de todos los elementos, hija primigenia del tiempo,

soberana de todas las cosas espirituales,

reina de los muertos y también de los immortales,

la única manifestación de todos los dioses y diosas que existen.

Mi voluntad gobierna las alturas brillantes del Cielo,

las saludables brisas de los mares y los silencios ominosos del mundo inferior.

Soy adorada de muchas maneras, conocida por incontables nombres,

y favorecida con toda gama de ritos diferentes,

de este modo se me venera en la tierra entera.

Los frigios primitivos me llaman Pessinuntica, Madre de los Dioses;

los atenienses, naturales y allí nacidos, me llaman Artemisa Cecropiana;

para los isleños de Chipre, yo soy Afrodita Pafiana;

para los arqueros de Creta, soy Diana Dictina;

para los sicilianos que hablan tres lenguas, Proserpina Estigia;

y para los habitantes de Eleusis, su ancestral Ceres, Madre de los Cereales.

Algunos me conocen como Juno, algunos como Bellona;

otros como Hécate, otros también como Ramnusia,

Pero ambas razas de etíopes, sobre cuyas tierras brilla primero el sol de la mañana,

y los egipcios, que sobresalen en el saber antiguo,

me adoran con ceremonias adecuadas a mi divinidad,

y me invocan por mi nombre verdadero, Reina Isis.

Apuleyo, Metamorfosis, Libro XL, Cartago, circa 140



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